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miércoles, 24 de agosto de 2016

DESTINOS CRUZADOS (Capítulo 5)



Una de las doncellas le había dado aviso de que una visita le esperaba abajo, en la biblioteca. Podía haberse negado a ver a nadie. Ocultarse hasta que se encontrase mejor, hasta que ese terrible dolor de cabeza que le martilleaba las sienes a causa del golpe recibido, se hubiese calmado. Incluso si Mauricio hubiera estado a su lado, se lo habría impedido de todo punto. Ya había intentado retenerla cuando Raimundo había dado aviso de la llegada de aquel hombre. Pero ahora él se encontraba en las tierras, faenando por orden suya, después de haberle insistido hasta la saciedad de que se encontraba perfectamente y que no necesitaba ninguna niñera.

La doncella había sido incapaz de darle referencias sobre la visita que aguardaba por ella, tan solo le había relatado que había insistido en demasía por verla. Y sin embargo, mientras bajaba las escaleras sabía perfectamente con quién se iba a enfrentar.

Avanzó el silencio por el comedor, dispuesta a observar a su extraño e inquietante visitante aunque fuera durante unos instantes. Quizá pretendía encontrar es punto de debilidad que le sirviera para enfrentarse a él. Se apoyó con cuidado en el quicio de la puerta y le buscó con la mirada. La sangre se le heló por completo y las piernas le flaquearon ante tal visión.

- Salvador...-, apenas musitaron sus labios, aunque aquel nombre resonó en todas las paredes de su memoria, despertando como latigazos fugaces, una vida que cada día se empeñaba en enterrar en lo más profundo del olvido.

Sin éxito.

Ahí estaba. Apoyado en el marco de la chimenea, con una copa de brandy en su mano y un gélido brillo en sus ojos azules. Como si el tiempo no hubiera transcurrido. Como si hubiesen retrocedido años atrás. No pudo evitar estremecerse de miedo cuando se volvió hacia ella.

- Señora -, dijo. - ¿Se encuentra usted bien? -. Había una fingida preocupación tras su pregunta.  Avanzó muy lentamente hacia ella. - Parece usted pálida y demacrada. Cualquiera diría que se ha encontrado con un fantasma -. Bebió un largo sorbo de su copa, sin apartar la mirada de ella. Y sin poder ocultar una sonrisa.

- Al mismísimo demonio, más bien -, respondió ella casi en susurros, aterrada por un pasado que de pronto se le antojó cercano.

- Me halaga -, afirmó él con media sonrisa.

- Créame que no lo pretendía -. Francisca dejó escapar el aliento, para tomar aire con mucha más fuerza. - ¿Y a qué debo el dudoso honor de su visita, Garrigues? -, preguntó mientras se adentraba en la habitación. Un despacho que se había convertido en un habitáculo minúsculo con la sola presencia de aquel hombre. Irrespirable. - Deduzco que no se trata de una mera visita de cortesía -.

Una risa baja, aterradoramente conocida, brotó de la garganta de aquel joven. - ¿A qué esa desconfianza, Señora? -.

Ella puso las manos sobre el respaldo de la silla, buscando un apoyo que le permitiese no desfallecer. - Digamos que la fuerza de la costumbre -.

Garrigues se permitió la confianza de carcajearse abiertamente d ella. 

- He de reconocer que tiene usted más arrestos que muchos hombres que he conocido -. Apartó la gran butaca que coronaba la mesa del despacho, y tomó asiento. - Espero que disculpe mi osadía, pero no pude evitar servirme una copa de su magnífico licor… -, afirmó mientras movía con suavidad la copa entre sus manos. - Es usted una mujer de gustos caros -.

Francisca irguió el mentón. - No creo que merezca menos -, afirmó. - Y por favor, no se disculpe… -, añadió mientras ella misma se servía otra copa con la que templar sus propios nervios. -…siéntase como en su casa -. Ironizó.

Súbitamente se volvió hacia él cuando escuchó que este se movía. El muy descarado se había dejado caer sobre el respaldo de la butaca. Sus pies, reposaban ahora cruzados sobre la mesa.

- Créame Doña Francisca, que eso es precisamente lo que pienso hacer -.

Ella tragó saliva. - ¿Cómo…? ¿Cómo dice? -.

Cristóbal esbozó una sonrisa. - Me ha escuchado perfectamente, no finja -.

Con un rápido movimiento de cabeza le señaló unos documentos que había sobre la mesa. Francisca se acercó, tomándolos en sus manos. Un gemido ahogado se escapó de su garganta.

- El trato es este, Doña Francisca. Yo no formalizo esa orden de detención contra usted, a cambio de una serie de concesiones que va a hacerme. La primera de ellas, por supuesto, será la de trasladarme a vivir a esta casa. El resto… podemos ir viéndolas sobre la marcha -.

Francisca lanzó los papeles contra la mesa. - No tiene nada contra mí -, afirmó furiosa. - Dudo mucho de la veracidad de esta orden de detención. No he hecho nada de lo que pueda acusarme -.

Garrigues se puso en pie lentamente sin dejar de clavar en ella su mirada. - ¿Desea acaso que le narre la larga lista de sus crímenes? -, chasqueó la lengua. - ¿Qué tal... si empezamos por Salvador Castro? -.

Francisca sintió un leve mareo al escuchar aquel nombre de sus labios. - Yo no tuve nada que ver en la muerte de mi esposo -, le refirió cuando al fin encontró las fuerzas para hablar. - A pesar de que no hubiese dudado ni un instante de matarle con mis propias manos si la ocasión se hubiera presentado ante mí -, añadió.

- ¡No la creo! -, espetó el joven. - Pero sea como fuere, yo me encargaré de hacerle pagar todas sus fechorías si no acepta mis condiciones. No tengo más que firmar esa orden y hacer una llamada. Le aseguro que acabaría con sus huesos en presidio. O con suerte, en el garrote -.

Francisca exhaló un suspiro. - ¿Qué es lo que pretende? -, le preguntó.

Cristóbal se sirvió una nueva copa de licor. - Por lo pronto disfrutar de sus lujos, Doña Francisca. Es algo a lo que no estoy acostumbrado -.

- ¿Acaso soy yo la responsable de eso? -, le respondió ella. - No tengo la culpa de que usted haya sido toda la vida un muerto de hambre -.

Apenas pudo pronunciar otra palabra más. En cuestión de segundos se vio lanzada contra el suelo, cubriéndose la mejilla que él acababa de abofetear.

- Le sugiero, “Señora” que no siga por ese camino -. Escupía cada palabra con un odio que ella hasta entonces no había visto. - Me trasladaré a la casona y usted hará todo lo que yo le diga -. Se agachó hasta ponerse al nivel de su mirada. - Ya sabe de lo que soy capaz por conseguir lo que quiero -.

El timbre de la casona anunció la llegada de una visita. A los pocos minutos, Fe, la doncella, golpeaba con suavidad la puerta del despacho.

- Señá -, la llamó. - Es el Don Raimundo que desea hablar con usted -.

Garrigues se puso en pie arrastrándola con él. La tenía asida fuertemente del brazo. - Aquí llega una de mis primeras condiciones… -, le susurró junto a la mejilla. - ¡Ha venido como caída del cielo! -. Francisca le miraba sin comprender. - Va a salir ahí fuera ahora mismo y le va a decir a su querido caballero andante que no desea volver a verle nunca más. Y que no se le ocurra volver a poner los pies en la casona, o será invitado a marcharse de no muy buenas maneras… Es más… -, añadió. -…o ese hombre se aleja de usted y de esta casa, o quizá termine muerto en uno de esos caminos a causa de un desafortunado asalto… -.

- ¡Señá…! ¿Me ha escuchao? Que el Don Raimundo está aquí pa´verla usted -.

- Responda -, exigió Cristóbal. - Y cuidadito con lo que dice -.

Francisca tomó aire. No tenía escapatoria alguna. - Ahora mismo salgo, Fe -.

- Buena chica…Y ahora salga y despache a ese desgraciado rapidito -, la apremió. - Y recuerde que estaré aquí escuchando todas y cada una de sus palabras. Con el teléfono en la mano… por si acaso… -.

……….

- Por todos los demonios, Francisca -. Raimundo se acercó hasta ella, estrechándola fuertemente entre sus brazos. - ¿En qué andabas? A punto estaba de entrar yo mismo a buscarte al despacho si llegas a tardar un segundo más -. Se apartó unos centímetros de ella al percatarse que Francisca no respondía a su abrazo. - ¿Qué ocurre amor? ¿Qué es lo que está pasando? -.

Francisca se zafó de su agarre, aunque evitaba mirarle a los ojos. 

- ¿Por qué tiene que ocurrir algo? ¿Piensas que por cuatro palabras de amor y unos cuantos besos voy a volver a caer en tus brazos? -.

- Francisca… -, musitó él. - No comprendo… -.

- Pues es muy sencillo, Raimundo -, le respondió volviéndole la espalda. Aquello le estaba destrozando el corazón. - Simplemente he tenido tiempo para reflexionar. Y para darme cuenta de que estar a tu lado no me ha traído nunca más que desgracias, y si no, a las pruebas me remito. He estado a punto de morir por la inconsciencia de querer rescatarte cuando tú no habías hecho si no despreciarme una y otra vez -.

Raimundo la tomó por los hombros, obligándola a mirarle. - ¿Qué es lo que estás tratando de decirme, Francisca? -. Había súplica en su voz. - Creí que después de lo sucedido entre nosotros anoche, todo el pasado había quedado por fin atrás. Que nada más importaba salvo tú y yo… Que juntos afrontaríamos lo que nos deparase el futuro… -. Ella apartó la mirada. - ¡Maldita sea, Francisca! Ten el valor de mirarle a los ojos y decirme que no me quieres. Que lo de anoche no significó nada para ti -.

Francisca cerró los ojos, aguantando las lágrimas en la garganta. Buscando en su interior una fuerza de la que en esos instantes carecía. Haría cualquier cosa por él. Lo que fuera… todo porque Raimundo siguiera con vida.

- Ya no te quiero, Raimundo -. Afirmó mirándole a los ojos. - No me conviene quererte. Me duele quererte… Esto se acabó -.

Aquello fue como si un cuchillo le hubiera partido el corazón en dos mitades. Como si el mundo se abriera bajo sus pies y un inmenso agujero negro le tragase hasta hacerle desaparecer.

- No te creo… -, atinó a pronunciar, no sin un gran esfuerzo. Deslizaba la mirada por todo su rostro, incapaz de reconocer ante sí a la mujer por la que latía su corazón. Sus ojos se detuvieron en su mejilla y pronto una de sus manos la acarició con temor. - ¿Qué es esto, Francisca? -. Allí donde rozaban sus dedos le pareció adivinar un golpe.

Ella se revolvió como si de un animal salvaje se tratara. - ¡Basta ya, Raimundo! ¡Lárgate de aquí! -, gritó. Por nada del mundo podía permitir que descubriese que Garrigues le había abofeteado y que se encontraba escondido en el despacho escuchando su conversación. Sería la perdición para ambos. - Hazte a la idea de que no existo, y no vuelvas más por aquí -. Se volvió para enfrentarlo por última vez. - Daré aviso de que no se te permita la entrada a esta casa. Hasta nunca, Raimundo Ulloa -.

……….

Caminó por el páramo envuelta en una capa que había conocido tiempos mejores. Se dirigía hacia la casa de una de las pocas vecinas con las que mantenía trato. Todo tenía una explicación plausible, ya que era la única que tenía línea telefónica en su casa.

Minutos antes había recibido aviso por parte de esta, de que en breve su hijo Cristóbal la telefonearía. Avanzaba con el corazón golpeándole las costillas debido a la expectación que sentía. Si todo había salido bien, a estas horas su hijo estaría instalado en la Casona. En el lugar que le correspondía.

- Acepto la conferencia, por supuesto -, afirmó cuando al fin había llegado a su destino. - ¿Hijo mío? ¿Cómo ha ido todo? -.

…………

No cabía en sí de gozo. Sus planes estaban saliendo a pedir de boca. Debía reconocer que no tenía todas consigo. No pensaba que Francisca se hubiese rendido con tanta premura, aunque lo cierto es que al fin ellos tenían la sartén por el mango.

Se acercó hasta la cama donde reposaba Salvador. Se inclinó sobre él, besándole en los labios.

- Si supieras amor… Tu hijo… Nuestro hijo… -, las palabras apenas salían de su boca. - Por fin está donde le corresponde. Y muy pronto todo será suyo. Nuestro… -. Fue deslizando las manos por todo su cuerpo, hasta rozar la mano del hombre. - Esa perra pagará por todo lo que me hizo. Por todo lo que me robó -.

Un gritó escapó de su garganta cuando de pronto sintió los dedos de Salvador aferrados a su muñeca. Y sus gélidos ojos azules clavados en ella.

miércoles, 10 de agosto de 2016

DESTINOS CRUZADOS (Capítulo 4)



Llegó silbando hasta la posada de su hija. Apenas era consciente de que había sido incapaz de borrar la sonrisa de sus labios durante todo el trayecto desde la casona. Su vida había vuelto a dar un vuelco en cuestión de un par de días. Algo a lo que debía estar acostumbrado, pues su historia con Francisca estaba llena de altos y de bajos. De idas y venidas. Y aunque en ocasiones había pensado que no sucumbiría de nuevo a ese amor enfermizo, siempre regresaba al mismo punto de partida, que no era otro que junto a ella.

Cerró los ojos evocando la noche pasada. Después de haber creído que perdería a Francisca a manos de ese desgraciado de Cristóbal Garrigues, tenerla una vez más entre sus brazos había apaciguado algo de la rabia que sentía por dentro. Por su incomprensible e injustificada detención. La suya y la del resto de paisanos del pueblo, incluidos miembros de su propia familia. Apretó los puños al recordar cómo Francisca había caído ensangrentada frente a sus ojos, sin haber podido hacer nada por evitarlo.

No pudo hacerlo en aquel momento, pero se trataba de algo que no iba a dejar pasar tan fácilmente. Le haría pagar a ese malnacido cada golpe sufrido por su mano.

Volvió a recuperar la sonrisa perdida cuando recordó sus manos acariciando cada herida de su rostro. Con la misma suavidad con la que él había besado cada rincón de su cuerpo.

- ¿Debo intuir que su sonrisa junto con esa dicha que se adivina en sus ojos es  debido a mi persona? -. 

El simple hecho de reconocer su voz junto con el carácter burlón que destilaban sus palabras, logró que se le mudase el rostro. 

- Vaya, no me diga que no es así...-, prosiguió chasqueando la lengua en fingida decepción. - Me siento algo decepcionado -, fingió. - Pensé que se mostraría aliviado y hasta agradecido por haber sido liberado -.

Raimundo apretó con fuerza los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos, por no volverse hacia él y hacerle tragar sus palabras una por una.

- ¿Agradecido por haber sido liberado de una detención injusta? -, se giró lentamente hasta encararlo. - O ¿tal vez debería hacerlo por cada golpe que adorna mi rostro? -. Sus ojos refulgían de rabia contenida.

- Vamos Ulloa no se altere... ya sabe cómo funcionan estas cosas...-, comenzó a moverse en círculo alrededor de él.

- Pues no, no lo sé -, respondió. - Tal vez debería usted ilustrarme cómo se comportan los seres de peor ralea para poder comprenderlo -.

- Cuidado -, le advirtió Garrigues. - Le sugiero que no siga por ese camino si es que no desea buscarse problemas -.

Raimundo sonrió satisfecho. 

- ¿Problemas por decir lo que pienso? -, respondió. - ¿Acaso usted se da por aludido con mis palabras? -.

Garrigues avanzó unos pasos hacia él, con las manos enlazadas tras la espalda. - Me temo que no dispongo de tiempo para discutir de estos asuntos con usted, Ulloa. Mis obligaciones como intendente me llevan hoy hasta la casona -, dijo con toda intención, observando su reacción. Conteniendo su entusiasmo al vislumbrar la curiosidad y la inquietud en su rostro. - Pero no crea que sus insolencias caerán en saco roto -.

Raimundo pareció no haber escuchado esa última amenaza. Su corazón se había detenido al conocer el destino de ese hombre aquella misma mañana. 

- ¿La casona, dice? -, preguntó tratando de no mostrar su preocupación, aunque sin éxito. - ¿Y qué es lo que allí le lleva si puede saberse? -.

Garrigues comenzó a carcajearse mientras se ponía el sombrero. 

- No -, respondió. - No puede saberse -, sentenció mientras salía por la puerta.

Raimundo se había quedado con los pies clavados al suelo. Era imposible que él llegara a la casona antes que él, y así poder avisar a Mauricio. Quería que estuviera al pendiente de Francisca por si acaso esta corría peligro nuevamente.

Corrió hasta el teléfono de la posada. Era la única manera de poder advertir de la llegada de Garrigues.

- Chelo, soy Raimundo. Ponme con la casona, te lo ruego. Es urgente -.

……………..

- ¿Y qué es lo que se supone que quiere ahora ese hombre? -, preguntó Francisca a su capataz. - ¿Raimundo no te ha contado nada más? -.

El hombre negó con la cabeza. - Ni él mismo sabía qué es lo que pretende ese desgraciado presentándose ante usted, pero no duda de que poner en su conocimiento que venía hasta aquí era totalmente premeditado -. Mauricio se acercó hasta su señora. - ¿Por qué no se retira a su alcoba y me permite a mí recibirlo? Desconocemos sus intenciones… ¿y si pretende detenerla de nuevo? -.

Francisca bufó con desdén. - Si así fuera Mauricio, dudo mucho que tú o cualquier persona pudiera contenerle. La ley estaría de su parte -. Negó con la cabeza. - No, no creo que se trate de eso. De ser así no me hubiera liberado a las primeras de cambio para poder apresarme 24 horas después -. Inconscientemente, se abrazó por la cintura cuando recordó su mirada y sobre todo, aquella sonrisa burlona que tan nefastos recuerdos le traía.

- ¿Vuelve a encontrarse mal, Señora? -. Mauricio la tomó por el brazo, en un gesto del que se arrepintió casi de inmediato. Aquellas confianzas no eran propias de un capataz hacia su señora. - Disculpe mi atrevimiento. Estoy preocupado por usted -.

Ella suspiró. - Lo sé Mauricio, y te agradezco tu preocupación… es sólo que… -.

Interrumpió sus palabras cuando ambos escucharon el timbre de la puerta. 

- Márchese señora, déjeme a mí, se lo ruego -.

Ella se irguió, dispuesta a hacer frente a ese hombre que tanto le inquietaba. Deseaba conocer de una vez por todas qué era lo que pretendía presentándose en el pueblo.

- No Mauricio, no me esconderé -, afirmó orgullosa. - No es mi estilo, ya lo sabes -. Volvió su mirada hacia el capataz. - Necesito que te encargues de otros menesteres. Investiga todo lo que puedas de ese hombre. Su pasado, su presente… ¡todo! -. Bajó la mirada. - Quiero conocer de dónde proviene, quién… quién es su familia… -. Se estremeció al pensar en esa posibilidad que le aterraba. - Descubre todas sus miserias, Mauricio. Te lo ruego -.

……….

La venganza es un plato que se sirve frío. Muy frío. Y la suya había estado enfriándose pacientemente durante más de 40 años. Francisca se lo había arrebatado todo, casi desde que podía recordar. Y por fin había llegado el momento de cobrarse cada humillación y desprecio que había padecido por su causa.

La odiaba. Como jamás pensó que se podría odiar a alguien. Su resentimiento era visceral, nacido de lo más hondo. Y se había ido emponzoñando aún más a lo largo de los años. Con cada traición. Con cada mirada al fruto de sus entrañas, relegado siempre a un invisible segundo plano. Con cada interrogante que planteaba su inocencia infantil y a los que ella no podía dar respuesta.

Por eso se encargó de alimentar la semilla del odio que ella misma había plantado en su pequeño e inocente corazón. Logrando que aquel niño despierto de ojos castaños hiciera suya también su cruzada.

Acabar con aquella que le había arrebatado lo que era suyo por derecho.

Si tan solo él despertara... todo sería bien distinto. Pero su estado no había sufrido cambios desde hacía ya más de 30 años. Su otroro cabello negro como el azabache, no era ya más que una maraña de hebras grisáceas que ella misma se esmeraba en cepillar cada mañana. Su rostro, fuerte y varonil, estaba surcado de las cicatrices que otorgan los años... Y sin embargo, gracias también a sus continuos cuidados, su porte seguía siendo imponente. Aterrador. El mismo que Cristóbal había heredado.

Se acercó hasta la cama y empapó un paño en la jofaina que había sobre la mesita. Lo deslizó por sus mejillas. Por sus labios.

- Te haremos justicia, amor mío -, pronunció después de volver a dejar el paño humedecido sobre la mesa. - Tu nombre volverá a resonar entre los muros de la casona, Salvador -.

martes, 19 de julio de 2016

DESTINOS CRUZADOS (Capítulo 3)



Siempre había adorado verle dormir. Sentir su respiración acompasada conseguía proporcionarle a ella también la serenidad que precisaba. Lograba hacerle olvidar las oscuras preocupaciones que sobrevolaban su existencia, aunque en esta ocasión, algo le hacía creer que sus problemas no habían hecho más que empezar. Delineó con la yema de los dedos su mejilla, justo ahí donde nacía uno de los múltiples golpes que Raimundo había sufrido. Cada marca le dolía como si ella misma lo hubiese recibido, pues se sabía la causante de tamaña golpiza.

No pudo evitar estremecerse con cierto temor al imaginar a Raimundo enfrentándose a los soldados con tal de liberarla. Ambos podían haber perdido la vida por culpa de su temeridad. Quizá debió escuchar con más tino las recomendaciones de Mauricio. Algo francamente impensable para quien estaba acostumbrada a hacer su santa voluntad.

Y ahora ahí, entre sus brazos, apenas cubiertos por una manta y después de haberse amado con una pasión desenfrenada, todo parecía un mal sueño. Un espantoso recuerdo que podría parecer casi lejano, de no ser por las marcas que ambos portaban en su cuerpo. La fría sonrisa de Garrigues surgió ante ella, como en una neblina que le hizo estremecer. Por supuesto que ella no cedería un ápice frente a él, pero aquella sonrisa le resultaba tan dolorosamente familiar…

- Por tu semblante diría que no es en mí en quien estás pensando precisamente… -. Francisca tardó unos segundos en volver recuperar la compostura, algo que, por supuesto, no pasó desapercibido para él. - ¿Qué te inquieta, amor? -.

Ella le miró. - ¿Te parece poco lo ocurrido y lo que, seguramente, se nos venga encima? -, suspiró. - A pesar de haber sido liberada por ese hombre, no puedo evitar sentir cierta desconfianza. Su actitud me inquieta, y lo que es peor… me asusta -, reconoció.

Raimundo la estrechó entre sus brazos. - Creí que nada conseguía asustarte. Ni doblegarte -, besó su frente.

- Para todo siempre hay una primera vez… -, le respondió. Aunque aquella inquietud que sentía nacer en la boca del estómago, no era para nada desconocida.

- ¿Qué ocurre, Francisca? -, la tomó por el mentón, obligándola a mirarle. - Es como si algo hubiese ocurrido y que te niegas a contarme -.

Francisca bajó la mirada. Raimundo siempre había sabido leer en sus ojos, pero los presagios que surcaban sus pensamientos eran tan atroces, que se veía incapaz de compartirlos con él, pues aquello significaría que la amenaza que sentía pender sobre ella, tenía más de real de lo que desearía.

- Todavía no me has relatado cómo conseguiste librarte de las garras de ese maldito intendente -. Volvió a reposar su cabeza sobre el pecho salpicado de vello de Raimundo, mientras deslizaba las yemas de los dedos por su piel. Éste suspiró.

- Solo espero que en algún momento confíes en mí y puedas contarme qué pasa por esta cabecita… -, musitó a la vez que, con el dedo, le daba pequeños toquecitos cariñosos en la frente. Después prosiguió. - Y reconoce que apenas me has dejado pronunciar palabra desde que llegué… -, afirmó de manera sensual a la vez que atrapaba la mano que le acariciaba para poder mordisquearle los dedos. - Conste que no me estoy quejando… -.

Francisca alzó la mirada. - No seas grosero, por favor -, le reprendió con un ligero rubor en el rostro. - Te estoy hablando muy en serio -.

Raimundo la tomó por el mentón. - ¿Y tú? ¿Cómo lograste salir de allí? -. Francisca volvió a recostarse sobre él. - Con gusto le hubiera matado cuando te vi ensangrentada por culpa de esos indeseables -.

- Shhhh… -, quiso tranquilizarle ella, abrazándose a su cuerpo con fuerza. - Aquello ya pasó y es algo que debemos olvidar. Ambos -. Cerró los ojos con fuerza para tratar de borrar su angustia. - Tan solo puedo decirte que cuando recuperé la consciencia, aquel hombre estaba junto a mi cama, con una mirada que no supe descifrar y una disculpa en los labios -.

- ¿Se disculpó contigo? -, preguntó Raimundo con extrañeza. - ¿Y qué o quién se supone que le hizo cambiar de opinión? Su comportamiento cuando nos descubrió fue de todo menos amistoso. Nada hacía presagiar que se disculparía… Es más, conmigo y con el resto de paisanos se mostró altivo y soberbio, dejando evidencia de su superioridad y del poder que ejerce -.

- Prométeme que te mantendrás lo más alejado posible de él -, le rogó Francisca de pronto, buscando su mirada. El brillo de temor que él adivinó en sus ojos le inquietó sobremanera.

- ¿A qué temes, Francisca? ¿Qué más ha ocurrido entre ese hombre y tú? ¿Te amenazó? -. El silencio de ella solo logró aumentar su intranquilidad. - Respóndeme, ¡te lo ruego! -, le urgió.

- Prométemelo, Raimundo -, insistió ella tomando su rostro entre las manos. - Desconocemos todo acerca de ese hombre, es mejor ser cautelosos… investigaré entre mis conocidos, trataré de bucear en su pasado… pero hasta entonces, procura no cruzarte en su camino ni darle motivos para que vuelva a apresarte -. Raimundo exhaló un suspiro.

- Realmente te preocupa ese Garrigues  -, le dijo acariciando su mejilla. - Sé que hay algo más detrás de todo esto, Francisca, y no descansaré hasta que me lo cuentes. Pero de acuerdo, te prometo que me mantendré alejado de ese presuntuoso, a no ser que sea él quien se cruce en mi camino. En ese caso, no puedo prometerte nada -.

Francisca esbozó una leve sonrisa. - Con eso me basta de momento -, murmuró junto a sus labios. Tentándole como solo ella sabía hacerlo.

Raimundo sonrió también. - En cambio a mí, no me basta con esto…-, buscó su boca atrapándola con sus dientes. Mordisqueando con sensualidad hasta que logró que ella emitiese un jadeo.

Antes de que sus cuerpos despertasen de nuevo.

……..

Observó la posada desde la plaza. Por más que le pesase, debía procurarse un alojamiento. Iba a permanecer en ese pueblucho mucho más  tiempo de lo que hubiese deseado. Y aunque su posición le hacía merecedor de unos aposentos mucho más lujosos, debía conformarse con ese tugurio de mala muerte si no quería despertar suspicacias. Bastante ojeriza había despertado entre las gentes del pueblo al detener a todos los hombres de la comarca.

Un mal necesario, un precio a pagar por demostrar quién iba a mandar a partir de ahora. Se había terminado la condescendencia de ese inútil de alcalde, y por supuesto, las cacicadas de la Montenegro.

Aunque para ella tenía reservada una sorpresa. Pero eso sería más adelante. Cuando al fin hubiese recabado las pruebas necesarias para destruirla para siempre.

- ¿Qué hace aquí? -. Emilia se parapetó frente a él con los brazos cruzados. - ¿Acaso viene nuevamente a pisotearnos y a llevarse detenido a mi marido y mi cuñado? Sepa de antemano que no lo pienso consentir -.

Su voz destilaba temor y aquello le gustaba. Comenzó a carcajearse en voz baja. Más que le pesase, aquel pueblo estaba lleno de arrestos y valentía. Pero no debía olvidar cuál era su misión, y esa afectaba también al padre de la mujer que tenía frente a él.

- Baje las armas, señora. Vengo en son de paz -, respondió con sarcasmo.

- Entonces, ¿qué quiere? -, preguntó Emilia extrañada.

Garrigues frunció los labios. - Esto es una posada, ¿o no? -, le respondió a la vez que extendía los brazos y comenzaba a moverse en círculo. - Necesito habitación -.

Emilia se dirigió al mostrador sin perder ripio de los movimientos del hombre. - Y… ¿cuánto tiempo piensa disponer de ella? -.

- Emilia, Emilia… -, meneó la cabeza. - No quiera saber más de lo que le conviene -. Sacó unas monedas del bolsillo de su chaqueta. - Aquí tiene el pago por adelantado de un mes -. Las dejó caer sobre el mostrador. Después, se apoyó en él arqueando las cejas. - Quién sabe que deparará el futuro más allá de ese tiempo… -.

Emilia dejó caer frente a él, la llave de una de las habitaciones. - Espero que la encuentre de su gusto -, le espetó.

- Créame que mis gustos difieren en demasía de lo que aquí pueda encontrarme, pero servirá, no se preocupe -. Dirigió su mirada hacia el teléfono de la recepción. -¿Sería posible poner una conferencia? Se la pagaré como es debido, por descontado -.

Emilia asintió con la cabeza y se apresuró a desaparecer hacia la taberna, dejándole la intimidad necesaria. Aun así, Garrigues se aseguró que nadie estaba a su alrededor antes de tomar el auricular.

- Señorita, deseo una conferencia con Madrid. Sí, el teléfono es 1254 -. Esperó eternos segundos hasta que una conocida voz se escuchó al otro lado de la línea. - Sí, no se inquiete. Acabo de instalarme en una posada aquí mismo, en el pueblo. Y no adivinará a quién pertenece… -.

……

Las noticias que había recibido no podían ser más alentadoras. Desde hace años, había esperado pacientemente que llegara ese momento, y ahora, la impaciencia por lo que se avecinaría en tiempos próximos, amenazaba con desestabilizar todo lo que habían planeado. Algo que no podían permitirse.

Había alimentado el odio en el corazón del muchacho desde que este no levantaba un palmo del suelo. Había luchado a brazo partido por sacarle adelante y colocarle en la posición que ahora mismo ocupaba, con la sola idea de vengarse de todos aquellos que le habían arrebatado lo que era suyo. Por derecho.

- Pronto llegará el momento de nuestra venganza -, acarició con ternura su cabello, aunque sin obtener ninguna respuesta. - El fin de Francisca Montenegro y de Raimundo Ulloa, está cerca -.